domingo, 23 de junio de 2019
miércoles, 22 de mayo de 2019
EL ARTE DE MEZCLAR ESPECIAS
Por su colorido y por la
combinación de aromas que desprenden las especias, es uno de los puestos más
llamativos del mercado central. A todo ello, hay que unir la experiencia
adquirida a lo largo de décadas. De hecho, son ya tres generaciones las que han
regentado ‘Especias Musa’, esta pequeña tienda dedicada desde sus inicios a la
venta (y tratamiento) de condimentos naturales. Actualmente, Mustafa Ahmed está
al frente del negocio. Antes lo estuvieron su bisabuelo y durante muchos años, su
padre, Musa Moisés (por él, el nombre del puesto), quien empezó poco después de
la conclusión de la Guerra Civil. Primero estuvo ubicado en los bajos del mercado, y después fue
trasladado a la primera planta. Allí permanece desde entonces. Musa Moisés ya
se jubiló, pero continúa yendo cada día a visitar a su hijo. Desde una silla
colocada cerca de la pequeña tienda, sigue la evolución de un negocio al que ha
estado dedicado prácticamente toda su vida. Su hijo, Mustafa Ahmed también: “Empecé
viniendo al puesto con mi padre cuando tenía 9 años”, cuenta Mustafa, quien
presume de que los conocimientos sobre el tratamiento de las especias lo ha ido
adquiriendo con el paso del tiempo. Ha sido un aprendizaje heredado de su
padre, gracias a que “siempre nos hemos dedicado a este negocio”. Reconoce que “ha
habido momentos muy difíciles en los que las ventas bajaban mucho”, pero “hemos
aguantado”, expone satisfecho.
Las características más
importantes de las especias deben ser “el sabor, el olor y la textura”, explica
Mustafa Ahmed, quien destaca la “excelente y buenísima calidad” de sus
productos. Una de las claves puede estar en la forma de moler los granos. Lo
hacen de forma artesanal. Como antaño. “Los molemos nosotros, ya que tenemos un
método propio de picadura. Hay que hacerlo en pocas cantidades y en frío, para
sacarle el mayor provecho”. Un proceso, que asegura Mustafa, influye en el
sabor. Pero también, la conservación: “El grano debe estar bien mantenido y cuidado,
si no pierde calidad”.
Entre las especies más
utilizadas o demandadas están “la pimienta, el comino, el jengibre, el pimentón
y la cúrcuma”.
Fórmula
secreta
Las especias por sí solas,
aportan sabor. Y la mezcla de varias de ellas, mucho más. Ahí es donde es
esencial el conocimiento y la experiencia de quien realiza la combinación. Es todo
un arte. La medida o el peso exacto de los distintos condimentos crean un
conjunto de sabores que se transforman en uno sólo, y que es fundamental para
el resultado final del plato. Es cuestión de encontrar el sabor perfecto.
Un claro ejemplo es la mezcla
que se suele utilizar para aliñar los pinchitos morunos. No todas tienen el
mismo sabor, e incluso olor. Depende de la forma en la que se haga la combinación.
Y no sólo es cuestión de cantidades, sino también de la elección de las
especias, porque se suele elaborar de varias maneras. Aunque hay una serie de
condimentos que forman la base, cada uno suele aportar su experiencia. En el
caso de Mustafa Ahmed, la sigue preparando como “toda la vida”. Los
ingredientes básicos son “pimienta, comino, jengibre, cúrcuma, pimentón (uno
especial para esta mezcla) y el picante”. La cantidad de este último condimento
varía “según el punto que el quiera el cliente”, explica Mustafa que reconoce
que añade dos especias más, pero que prefiere no desvelar. Y es que la fórmula
es un “secreto”. Por ello, “nunca damos a conocer ni la totalidad de los
ingredientes ni la dosificación de cada especia”.
Esta combinación,
popularmente conocida como la de los pinchitos, es -reconoce Mustafa Ahmed- la “más
vendida”. Evidentemente, no es la única mezcla que elaboran en ‘Especias Musa’:
“Hacemos una que sirve para todo tipo de guisos, pero también algunas específicas
para carne, pescado, para platos hindúes o árabes”. Pero, entre todas ellas,
hay una que podemos catalogar como la mezcla estrella. Se denomina ‘Ras El
Hanout’ (traducido significa lo mejor de la tienda) y para su elaboración se
utilizan un total 30 especias. Entre ellas, jengibre, nuez moscada, clavos,
anís estrellado, canela o tallos asiáticos; que aportan un sabor agridulce.
Es muy importante la
materia prima, y por ello Mustafa Ahmed insiste en la calidad de las especias,
cuya procedencia es muy variada: “Las traemos de diferentes partes del mundo.
Últimamente están llegando mucho de Brasil, que le está haciendo la competencia
a Oriente. De Marruecos, también traemos varias; pero hay otros muchos países
como Vietnam, Egipto, La India, China, Paquistán o Turquía que nos ofrecen un
muy buen producto”.
Aunque las especias también
se utilizan por sus propiedades medicinales, el principal uso es el
gastronómico. Y Mustafa Ahmed aporta un consejo muy útil y que repercute en el
resultado final del plato: “Las especias hay que echarlas casi siempre cuando
se esté cocinando, ya que si se hace después, las cantidades deben ser menores
porque si no el sabor es mucho más fuerte”.
Ceutíes, pero también clientes
peninsulares e incluso del extranjero acuden al puesto de ‘Especias Musa’ que,
especialmente para los foráneos, supone un atractivo más en su visita al
mercado central. Allí, Mustafa Ahmed demuestra su experiencia y sabiduría en el
sector de las especias. Un mundillo que “hay que amarlo y sentirlo”. Y sus
clientes, pueden dar fe de ello.
jueves, 18 de abril de 2019
lunes, 25 de marzo de 2019
65 AÑOS DEL HUNDIMIENTO DEL DRAGAMINAS 'GUADALETE'
Ocurrió el 25 de marzo de
1954. Los ceutíes, que aún recordaba la tragedia registrada cinco años antes
con el hundimiento de tres pesqueros que se saldó con 64 víctimas mortales,
volvían a conmocionarse con un nuevo episodio en el que la bravura del mar provocaba
que Ceuta volviese a teñirse de luto. El dragaminas ‘Guadelete’ se hundía en el Estrecho de Gibraltar (a 19 millas del puerto de Ceuta y 30 al sur de Marbella). En esta ocasión, el enfurecido mar acababa
con la vida de 34 de los 78 marineros que componían la tripulación. Sólo se pudieron rescatar 12 cuerpos. Hubo 44 supervivientes. Pese al temporal, el
buque –impulsado a vapor- zarpó del puerto ceutí, donde tenía su base, rumbo a
Melilla. Entre sus escalas figuraban Larache o las islas Chafarinas, destinos
que formaban parte de las labores de supervisión. Una travesía de 120 millas,
que nunca llegó a cubrir. Eran tareas rutinarias. Por eso, pocos entendieron
que el dragaminas de la Armada se arriesgase a navegar en las condiciones en
las que se encontraba el mar. El naufragio se produjo poco después de las seis
de la tarde. 20 horas después de partir del puerto ceutí. El hundimiento del
‘Guadalete’ supuso una importante tragedia, pero el régimen franquista evitó
que tuviera una importante difusión. No se ocultó, pero no tuvo el eco que la
noticia y las víctimas se merecían. De hecho, el diario ABC no incluyó en su
portada este suceso. La información se publicó en páginas interiores.
Informe
Días después del suceso, el
teniente de navío José María González de Aldama, quien aquella trágica noche
estaba al mando del ‘Guadalete’, elaboró un informe dirigido al Ministerio de
Marina en el que exponía lo ocurrido. El citado documento fue rescatado hace
algunos años por el capitán de fragata Luis Mollá Ayuso. En el mismo, José
María González de Aldama refleja que el dragaminas partió del puerto de Ceuta a
las 22,00 horas del 24 de marzo de 1954. Cuando lo hizo, el estado del mar era
de “marejadilla” y soplaba “viento fresco del este”. Tras superar la zona de
Punta Almina, el buque ya comenzó a sufrir seriamente las consecuencias del
temporal. Pasada la medianoche, el comandante del ‘Guadalete’ –según el
informe- se vio obligado a variar el rumbo ante el estado e intensidad del mar.
A las 03,10 horas el jefe de máquinas ya comunicó al comandante que el carbón
era “todo tierra”. Esa mala calidad impedía que el buque pudiera
mantener una potencia mínima para hacer frente a las olas sin perder el
control. No le faltaba razón porque el dragaminas quedó varias veces
“atravesado”.
Sobre las cinco de la madrugada,
según el informe remitido al Ministerio de Marina, el buque cambió su rumbo
dirigiéndose al cabo de Tres Forcas para fondear en Cala Tramontana. En ese
momento, las olas superaban los diez metros de altura y el viento soplaba entre
los 70 y 80 nudos.
Tras una madrugada
infernal, González de Aldama reconoce que se planteó la posibilidad de
regresar. El informe indica que el barco quedó hasta en tres ocasiones
“atravesado”. La primera, a las siete y media de la mañana, cuando se intentó
virar 180º. A media mañana, la situación era insostenible. El temporal seguía
causando estragos en el barco que ya padecía la entrada de agua por diferentes
puntos.
Según explicó José María
González de Aldama, a las 13,10 horas se avistó a lo lejos una corbeta. Posiblemente,
a tenor de lo escrito en el cuaderno de bitácora, se trataba de un buque con
bandera “inglesa” que emitió señales luminosas. Desde el ‘Guadalete’ le
comunicaron que se encontraban en una “situación apurada” requiriendo la
necesidad de ser remolcado. No hubo respuesta. Tampoco por parte de un mercante
que, horas después, navegaba por la zona.
Pasada las tres y media de
la tarde, las máquinas dejaron de funcionar, lo que hizo que el ‘Guadalete’ se
quedara sin control y a merced del mar: “A las 15.35 horas se pararon las
máquinas de nuevo por falta de presión, esta vez definitivamente. El 2º me
comunicó que los marineros que achicaban la caldera de proa no daban de sí lo
suficiente para disminuir el nivel del agua. Teníamos en cubierta toneladas de
agua, quedando solamente en marcha el grupo emergencia diésel, que era el que
suministraba fuerza a la radio y luz al barco”.
El transbordador Virgen de
África zarpó de Algeciras en su búsqueda, pero se vio obligado a regresar ante el
riesgo existente. Tras horas de intensa lucha contra las olas y la bravura del
mar, el comandante González de Aldama ya comenzaba a asumir la dificultad que
entrañaría llegar a tierra. Todo “estaba perdido” -reflejó en el informe- por
lo que comunicó a sus hombres que se refugiaran en cubierta. El naufragio
parecía inevitable: “El buque escoraba ya unos 30 grados. Le ordené (al
contramaestre) preparar las balsas para poderlas echar al agua cuando el barco
se hundiese. Le ordené también que
rompiese con hachas todo lo que quedase a bordo de madera y lo preparase para
lanzarlo al agua. Lo hizo, poniendo al lado de la chimenea todos los
enjaretados de duchas y retretes, todos los tableros del puente y todas las
sillas y maderas”.
La tripulación se vio
obligada a abandonar el barco. Y así lo ordenó el comandante José María
González de Aldama: “Estábamos dentro del puente el almirante Miranda, el
segundo y yo completamente solos. Ambos me dijeron que ellos no se tirarían al
agua si yo no lo hacía y que por favor no intentase ninguna tontería”.
Pocos minutos después de
lanzarse la tripulación al mar, el ‘Guadalete’ se hundió: “No hacía ni unos
minutos que habíamos abandonado el buque cuando lo vimos irse a pique. La mar
nos había separado de él unos 50 metros y se deslizó de popa escorado 90 grados
a estribor, y desapareciendo en muy pocos instantes”, reflejó González de
Aldama en el informe.
Rescate
Los tripulantes que
sobrevivieron al naufragio tuvieron que luchar contras las inmensas olas y el
frío. Tras más de dos horas en el mar, recobraron la esperanza gracias a la presencia de un mercante
de bandera italiana, el ‘Podestá’, que permaneció en la zona mientras los
marineros, dispersos en el agua, lograban con muchas dificultades alcanzar el
buque. Desde el barco se lanzaron las denominadas escaleras de gato por babor y
estribor. 44 marineros lograron salvar sus vidas. Al día siguiente, el
destructor ‘Císcar’ rescató seis cadáves, mientras que otros cinco cuerpos fueron
encontrados en el Mediterráneo, de los que sólo cuatro pudieron ser identificados
antes de ser enterrados en mayo de 1954 en el cementerio de Santa Catalina (Ceuta).
El hundimiento del ‘Guadalete’ se saldó con 23 desaparecidos y 11 fallecidos.
Testimonio
Eumenio Fernández Prieto
fue uno de los cuarenta y cuatro que lograron salvar su vida tras el
hundimiento del ‘Guadalete’. Tenía 21 años cuando sucedió aquella tragedia. Formaba
parte de la tripulación como marinero especialista. Nacido en Ceuta, narraba en Radio Ceuta (Cadena SER) su vivencia: “Entré de guardia a las
doce de la noche, y recuerdo que nada más pasar los isleos de Santa
Catalina, el temporal ya nos estaba dando la paliza. De los golpes de mar, el
agua entraba por todas partes”.
El barco se hundió muy
rápido. Tenía tanta agua dentro que se fue al fondo como una piedra. Menos mal
que no chupó y nos arrastró hasta el fondo”.
Horas antes del naufragio,
los tripulantes tenían claro que tarde o temprano el ‘Guadalete’ acabaría
hundiéndose: “A las siete de la mañana el barco estaba casi sin gobierno. Desde
hacía horas el agua entraba y se quedaba retenido en el interior del barco, que
debido a los golpes de mar había perdido varios botes. Sólo quedó una balsa que
permitió que se salvaran varias personas. Antes de que se hundiera, ya llevábamos
dos horas esperando en el puente a que en cualquier momento tuviéramos que lanzarnos al agua.
Aguantamos todo lo que pudimos. No teníamos otra opción, salvo permanecer en el
barco todo lo que pudiéramos”.
Eumenio no se tiró al agua,
sino que “me caí”. Allí permaneció “más de tres horas” hasta que “llegué al mercante italiano que no podía
acercarse hasta nosotros. No podía maniobrar ni echar botes, por lo que éramos nosotros quienes teníamos que llegar al barco, como pudiéramos”.
No fue fácil. “Estaba
lloviendo y hacía un frío intenso”, explica Eumenio Fernández, quien recuerda
que junto a un compañero “me agarré a un enjaretado de madera”. “Él iba –continúa-
en camiseta y yo en pantalones cortos”. Ambos, sin soltarse, luchaban contra
las olas: “Subíamos y bajábamos. Cuando estábamos arriba aprovechábamos para
mirar, y a lo lejos vimos un barco”.
En plena lucha por la
supervivencia, alcanzaron la proa del mercante: “Algunos subieron por la
escalera de gato, pero nosotros llegamos justamente a la altura del ancla”, rememora
Eumenio Fernández, a quien no le fue
sencillo subir a bordo del barco: “Me echaron un cabo, pero entre el principio
de hipotermia que sufría y que tenía los dedos agarrotados de estar enganchado
a la madera, cuando me empezaron a subir y saqué parte del cuerpo del agua, me
volví a caer. A mi compañero le echaron un cabo con un salvavidas circular, y
pudieron subirlo. Después me lo echaron a mí, conseguí meter los brazos y me
subieron. Cuando llegué a la cubierta, me di por salvado”
Ya a bordo del ‘Podestá’,
lo primero que hizo Emenio fue buscar calor: “Estaba temblando y me situé en
las inmediaciones de la caldera. Allí estuve un tiempo hasta que noté que el
barco estaba navegando y me reencontré en un salón con mis compañeros a los que
abracé”. Y no pudo evitar llorar.
El mercante puso rumbo al
puerto de Gibraltar. Después, los supervivientes fueron traslados a Algeciras.
Algunos fueron ingresados en el hospital y otros permanecieron en un hotel
hasta que “un barco de guerra nos llevó a San Fernando”.
Se les dio opción de elegir destino, pero sin embargo, en el caso de Eumenio Fernández, la Armada desestimó su petición y le asignaron otro dragaminas con base en Ceuta.
Se les dio opción de elegir destino, pero sin embargo, en el caso de Eumenio Fernández, la Armada desestimó su petición y le asignaron otro dragaminas con base en Ceuta.
A la hora de analizar qué
ocurrió aquel trágico día, Eumenio Fernández considera que fueron muchos los
motivos que provocaron el hundimiento del ‘Guadalete’. El primero, el “haber
salido a navegar aquel día con el temporal”. Además, “íbamos con más dotación
de la cuenta, ya que íbamos a trasladar a Melilla a varios soldados que se
habían licenciado”. Y otro de los motivos que pudieron influir fue “el mal estado
del barco”.
“Nos
prohibieron hablar”
Tras el hundimiento del ‘Guadalete’,
la Armada prohibió que la tripulación hiciera cualquier declaración pública
sobre lo sucedido: “Nos dijeron que no habláramos con la prensa y en aquel
tiempo no se podía hablar. Lo que decían había que cumplirlo, y más si éramos
militares”, afirma resignado Eumenio Fernández que durante décadas guardó un
respetuoso silencio.
El mismo tiempo que tardó
la Armada en reconocer a los supervivientes del dragaminas. Quizás llegó
demasiado tarde. Sobre todo, porque muchos de los que lograron salvar su vida
aquel 25 de marzo de 1954 no pudieron disfrutar de ese merecido homenaje. 65 años después de aquel trágico naufragio, la
Comandancia Naval de Ceuta ha vuelto a recordar a las víctimas mortales y destacar la lucha contra la ferocidad y
crueldad del mar por parte de los héroes anónimo que conformaban la tripulación
del ‘Guadalete’.
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sábado, 23 de febrero de 2019
DOS CEUTÍES, TESTIGOS DEL HISTÓRICO 23 F
Fueron una horas de mucha
incertidumbre. Aquel 23 de febrero de 1981, los ceutíes, al igual que el resto
de españoles, estuvieron muy atentos a lo que ocurría en el interior del
Congreso de los Diputados. A las 18,00 horas, se inició la segunda votación para la investidura de
Leopoldo Calvo-Sotelo como presidente del Gobierno en el Congreso de los
Diputados, después de que dos días antes no obtuviera la mayoría suficiente. En
plena votación, un grupo de doscientos guardias civiles (algunos armados) irrumpió
en el hemiciclo. Al frente estaba el teniente coronel Antonio Tejero, que arma
en mano y gritando “¡Quieto todo el mundo!", ordenaba que todos se tiraran
al suelo. Así comenzaba este intento de golpe de Estado que resultó fallido.
Dos ceutíes fueron testigos
directos de aquel histórico episodio. Francisco Olivencia Ruiz, diputado por
Ceuta (UCD) y Manuel Chaves González, diputado por la circunscripción de Cádiz (PSOE),
vivieron, desde sus respectivos escaños, aquel inquietante 23 F.
Francisco
Olivencia: “No olvidaré que aquel día tuve que ir al servicio con una
metralleta en la espalda”
Francisco Olivencia
(1934-2019) reconocía hace algunos años en Radio Ceuta (Cadena SER) que “lo
viví y no lo olvidaré”. “Era un lunes –rememoraba-, caso absolutamente
inusitado porque las sesiones del Congreso empezaban los martes, pero la semana
anterior, Calvo Sotelo no sacó la mayoría suficiente y se convocó una sesión
cuarenta y ocho después”.
“Estábamos votando –exponía
Olivencia- la investidura de Calvo Sotelo como presidente del Gobierno, y en un
momento dado, yo estaba próximo a votar, se oyó un ruido en el pasillo. Como
había obras, yo pensé que sería un tablón que se había caído, pero por lo que
se ve fue un disparo”.
La entrada de Antonio
Tejero al hemiciclo, arma en mano, fue “un momento difícil”. Francisco
Olivencia le reconoció “enseguida” porque “había estado implicado anteriormente
en un esbozo de golpe de Estado”. Aunque podía haber cierta confusión, los
parlamentarios no tardaron en darse cuenta de lo que realmente ocurría: “A mi
lado había un diputado de Ciudad Real, Pedro Menchero, que ante la exclamación
de otro diputado cercano que dijo ¡Pero esto qué es! Con una voz serena contestó:
pues no lo ves, un golpe de Estado”, recordaba Olivencia, quien asegura que esa
calma con la que respondió “me sorprendió”.
Tras el famoso e histórico
grito de Antonio Tejero de “todos al suelo” los diputados “nos lanzamos al
suelo cuando empezaron los tiros”, explicaba Francisco Olivencia, varias
décadas después del 23 F, tenía una mezcla de sensaciones sobre aquel suceso
vivido en el Congreso de los Diputados: “Tuvo su parte jocosa, pero fue
desagradable en ese momento”.
Sin duda, el momento más
tenso fue cuando comenzaron los disparos. Algunos diputados pensaron que sus
vidas corrían peligro: “Un compañero de escaño me dijo que estaban disparando
por filas, y le contesté que no podían matarnos porque eran Guardias Civiles”.
¿Qué se le pasó por la
Cabeza a Francisco Olivencia cuando se confirmó que se trata de un golpe de
Estado?: “Pensé muchas cosas. Me preguntaba qué iba a pasar con el futuro de
España, qué estaría ocurriendo fuera porque Tejero decía que tenía el apoyo de
diferentes Regiones militares. Después supimos que no era cierto, pero en ese
momento me planteaba muchas preguntas”.
Horas después, gracias a
“un pequeño transistor que había conseguido Abril Martorell (UCD), íbamos
teniendo algunas noticias”. Entre ellas que “el rey había hablado por televisión
y que se estaba negociando”.
Fueron dieciocho horas de
mucha tensión. Francisco Olivencia reconocía que se “nos hizo muy largo”.
Inquietud que, sin embargo –confesaba- no le impidió dormir “tres o cuatro
horas tranquilamente”.
Uno de los inconvenientes
con el que se encontraron los diputados durante el tiempo que permanecieron en
el Congreso fue la falta de tabaco: “Por aquel entonces su fumaba en el
hemiciclo. La abstinencia sumada a la intranquilidad por lo que estaba pasando,
nos tenían algo nerviosos. Nos trajeron unos cartones de tabaco ruso que tenía
el Grupo Comunista en su secretaría. Me hice con un paquete y me tranquilicé”.
Entre los muchos momentos
vividos aquel 23 F, hay uno que -según reconocía Francisco Olivencia en la
Cadena SER- no había olvidado: La de ir al servicio “con una metralleta a la
espalda”.
Poco antes del mediodía
(11:50 horas) del 24 de febrero de 1981, los diputados y los periodistas que
permanecían encerrados desde el día anterior, comenzaron a abandonar el
Congreso. Lo primero que hizo Francisco Olivencia fue “ir a buscar a mi mujer”.
“Teníamos –añadía- un pequeño apartamento muy cerca del Congreso, pero allí no
estaba. Cuando la encontré, ya me contó cómo se había vivido desde fuera”.
Para Francisco Olivencia,
el hecho de que el intento de golpe de Estado se llevara a cabo el 23F, le hizo
pensar que “era imposible que estuviera preparada mucho antes porque era
imprevisible que aquel día hubiera sesión en el Congreso”. Por ello, pensaba
que “fue repentinamente preparado por Antonio Tejero”.
En cuanto a si se ha
contado toda la verdad sobre el 23 F, Francisco Olivencia creía que “no”. “De
aquella trama y sobre su trasfondo, seguro que queda algo en el aire”,
afirmaba, aunque se mostraba partidario
de recordar, pero también decir que ya pasó”.
Años después del 23 F,
Francisco Olivencia vivió una curiosa anécdota relativa a aquel histórico hecho:
“Durante la celebración de una comunión, en el Casino Militar, se me acercó una
persona y me dijo que era uno de los Guardias Civiles que estuvieron el Congreso. Estuvimos charlando y curiosamente,
los que aquel día estábamos en un bando y otro, nos dimos la mano”.
Manuel
Chaves: “Pensé que los golpistas estaban dispuestos a todo para lograr sus
propósitos”
El que fuera presidente de
la Junta de Andalucía, Manuel Chaves (1945), según publicaba la web
ecodiario.eleconomista.es, reconoce que pensó en su familia, en su mujer y en
sus hijos, que estaban en esos momentos en Cádiz. Cuando se llevaron a Adolfo
Suárez, a Gutiérrez Mellado y a Felipe González, el parlamentario socialista
creyó que "los golpistas estaban dispuestos a todo para lograr sus
propósitos".
El paso del tiempo, y sobre
todo que la “autoridad militar" de la que presumía Tejero en el Congreso no
llegaba, hizo que Manuel Chaves comenzara a sospechar que "algo no estaba saliendo como los
golpistas habían pensado”.
El 24 de febrero, cuando
los diputados abandonaban el Congreso, Manuel Chaves lo hizo con la sensación
de que la democracia española "había superado una de sus pruebas más
duras". Por ello, aquel 23 F supuso una “lección de fortaleza para una
democracia muy joven después de 40 años de férrea dictadura franquista”.
Anécdota
Quizás llevado por la
intuición, en diciembre de 1980, Francisco Olivencia protagonizó una curiosa
anécdota que recordaba en la Cadena SER: “Estábamos en una reunión del Grupo
Centrista y alguien preguntó si al año siguiente habría elecciones generales
anticipadas, y yo contesté que elecciones generales no sé, pero generales sin
elecciones seguro”. Sin saberlo, vaticinó un hecho que pasó a la historia y que
pudo marcar el futuro de España.
sábado, 19 de enero de 2019
EL ÚLTIMO SASTRE
Hay profesiones que con el paso del tiempo van desapareciendo. Una de ellas es la de sastre. Muy pronto, ’El Dique’ la única sastrería que existe en Ceuta, cerrará sus puertas. Su propietario, Julio García, lleva a más de sesenta años dedicado al mundo textil. La gran mayoría como camisero. A sus 89 años, aunque ya no ejerce, no puede evitar situarse todos los días detrás del mostrador. Lo hace por placer, mientras se produce el cierre definitivo del negocio. Sastrería ‘El Dique’, situada en la calle Jáudenes, dejará de existir en el momento en el que sea vendido el edificio en el que se encuentra ubicada. Atrás quedarán más de seis décadas de historia. Desde su apertura en el año 1956, tras la finalización del protectorado Español en Marruecos, Julio García ha estado ligado a ‘El Dique’. Primero como empleado, y posteriormente como dueño. Pero sus comienzos, como aprendiz, fueron cuando apenas tenía 14 años: “Aún estaba en el colegio, y un día, tras salir de clase, una vecina me propuso entregar los trajes. Me dijo que me pagarían 14 pesetas a la semana, más las propinas que me dieran”, explica Julio García, quien recuerda que en “los primeros días conseguí 21 pesetas de propina porque era un gran sastre y tenía que entregar muchos trajes”. Poco después los dueños de la sastrería le encomendaron nuevas tareas: “Me preguntaron si quería ser sastre y empecé a trabajar como aprendiz. A mí me gustaba el contacto con el público y me encantaba mi trabajo. Me enseñó a cortar camisas, después me fui a Barcelona para perfeccionarme en una academia. Me hice camisero y regresé a Tetuán donde estuve trabajando algún tiempo”.
En el año 1956, coincidiendo
con la independencia de Marruecos, los antiguos propietarios de la sastrería
decidieron cerrar el negocio en Tetuán y abrir un nuevo negocio en Ceuta. Ahí
comienza la historia de ‘El Dique’: “Buscamos un local donde montar la
sastrería y encontramos uno en la calle Jáudenes. Era un garaje, pero había que
adquirir todo el edificio. Compraron la casa y me pusieron al frente de la
tienda”.
Pese al número de
sastrerías que existían en la ciudad, ‘El Dique’ –quizás avalado por el
prestigio alcanzado en Tetuán- se convirtió en un lugar de referencia dentro
del comercio textil. Además, el antiguo propietario solía innovar o seguir las
tendencias de la época. Y para mostrarlo al público solía utilizar una técnica
muy original y que no olvida Julio García: “Si por ejemplo se llevaban los
trajes con abertura atrás, Don José me hacía un traje a medida con todas las
novedades. Yo medía 1’81 metros, estaba delgado y tenía buena planta. Me decía
que me pusiera el traje y que fuera hasta la Plaza Azcárate y volviese. Por el
camino, a la gente le llamaba la atención el traje e iba haciendo propaganda de
la tienda. Después se acercaban a la sastrería para encargarlo”.
Los propietarios de
sastrería ‘El Dique’, al no tener herederos, decidieron en el año 1975 ceder el
negocio a Julio García, quien desde entonces lo ha venido regentando. Ya como
dueño, Julio García vivió una buena época en la que “vendía seis camisas
diarias. Tenía un taller muy organizado que llevaba mi mujer. Contábamos con
cuatro camiseras en la calle y, en mi casa, mi mujer y mis cuñadas hacían dos
camisas al día”. Una de las principales características de ‘El Dique’ era la
materia prima con la que se elaboraban las camisas: “Compraba seda italiana o
popelín inglés”. Además de la calidad de las telas, Julio García también
apostaba por ofrecer modelos de camisas distintos a lo habitual: “Era una época
en la que todas las camisas eran iguales, por lo que las hacía con cuello
cerrado, abierto; o un cuello con las puntas redondas o de punta larga. Iba
variando y a la clientela, que era muy buena, les gustaba y me iba pidiendo
esas camisas más modernas”.
Entre sus ilustres clientes
-asegura Julio García- figuraban el torero Antonio Bienvenida o los periodistas
José María Pemán y Matías Prats (padre). Éste último, durante una visita a
Ceuta con motivo de un aniversario de la Legión le encargó “doce trajes”. “Me
dijo –expone- para mí y mi hijo”. También visitó sastrería ‘El Dique’ el
director, guionista y productor cinematográfico Rafael Gil. Precisamente, uno
de los trajes que adquirió provocó que le llamara el mismísimo ministro de Asuntos Exteriores: “Un día suena el teléfono
y me dicen que llamaban del Ministerio de Asuntos Exteriores. Yo les dije que
se habían equivocado y me respondieron que preguntaban por Don Julio García. Me
pasaron al ministro y me encargó que le hiciera dos trajes de tela inglesa,
como el que le hicimos a Rafael Gil. Pidió uno en color gris y otro azul
marino. No quiso que le enviara una muestra. Cuando ya los había terminado, le
envié por Correos los dos trajes y poco después me ingresaron el giro”, cuenta
orgulloso Julio García, quien pasará a la historia por ser el último sastre de
Ceuta.
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domingo, 23 de diciembre de 2018
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