Vivía en la barriada del
Príncipe, y fue conociendo el oficio, hasta que a los ochos años comenzó ya a
trabajar: “Era otra época –justifica- en la que trabajar era más importante que
estudiar”. Quizás, la necesidad obligaba. Pese a todo, hubo un tiempo en el que
compaginó los estudios con su labor como arriero. Días que califica como “muy
duros”, puesto que “el colegio era nocturno”. Tras horas de trabajo y recorrer
decenas de kilómetros diarios, acudía a clases. Un esfuerzo del que, ahora, se
siente orgulloso porque “todo lo que aprendí fue a base de sacrificio”, pero no
oculta que “sufría mucho porque era un chaval”.
Ejerció como arriero unos siete
años, hasta que a los 15, lo dejó: “Durante todo este tiempo, estuve haciendo
portes de arena, agua, piedras, ladrillo. Lo que me pedían”, recuerda Enrique
Palomo, quien afirma que la llegada de los motocarros (triciclo motorizado o
conocido popularmente en Ceuta como ‘vespas’) provocó que el “negocio se
viniera abajo”. Eran los años 60, y la mecanización, se imponía porque
“cargaban más que una bestia y los portes lo hacían en menos tiempo”, lamenta
Palomo, pese a que “las bestias entraban en zonas donde no podían las vespas”.
La imparable evolución de la
época implicaba el declive de un oficio que había sido su sustento familiar: “Al
final de la semana ganaba más que un peón o albañil”. Eso sí, “a base de hacer
muchos kilómetros y de andar mucho”, matiza Palomo que cifra “en unas 200 o 300
pesetas” la recaudación semanal. Los precios del transporte en bestias, iban en
función de la distancia. Por ejemplo, recuerda Enrique Palomo, un porte de
arena costaba “unos 10 reales, no llegaban a tres pesetas”. Uno de los
trayectos más habituales era “desde el Tarajal a Los Rosales, pero iba donde me
dijeran”.
Enrique Palomo, muy pronto se
adaptó al trato con las bestias, aunque no se olvida del golpe que le propinó
un burro, que su padre compró en una subasta: “Era como un mulo de grande. Iba
a llevarlo al campo para amarrarlo, y al cogerlo, lo hice por detrás: Me dio una
patada en el estómago”. Su progenitor, se deshizo rápidamente del burro.
La llegada de los motocarros,
acabó con un oficio que, en Ceuta, desapareció a finales de los años 60. Sólo queda
el recuerdo de los más mayores, o el testimonio de Enrique Palomo, uno de los
últimos ceutíes que ejercieron como arrieros.


No hay comentarios:
Publicar un comentario