domingo, 6 de septiembre de 2026

UNO DE LOS ÚLTIMOS ARRIEROS DE CEUTA


En las últimas décadas, los continuos avances mecánicos y tecnológicos que ha experimentado la sociedad, han conllevado la desaparición de numerosos oficios. Una de esas profesiones, que es ya historia, es la de arriero o mulero. Personas que se dedicaban al transporte de mercancía (madera, ladrillos, arena, etc…) en bestias de carga. Enrique Palomo siguió los pasos de su padre, y fue uno de los últimos arrieros de Ceuta. Cuenta, que siendo un niño, ayudaba a su progenitor: “Para poderle acompañar, me montaba en la culata, de espaldas a la cara del caballo, y así no me cansaba. Me hicieron una pequeña pala que utilizaba para ir haciendo los montones de arena, que después se cargaban en las bestias”.

Vivía en la barriada del Príncipe, y fue conociendo el oficio, hasta que a los ochos años comenzó ya a trabajar: “Era otra época –justifica- en la que trabajar era más importante que estudiar”. Quizás, la necesidad obligaba. Pese a todo, hubo un tiempo en el que compaginó los estudios con su labor como arriero. Días que califica como “muy duros”, puesto que “el colegio era nocturno”. Tras horas de trabajo y recorrer decenas de kilómetros diarios, acudía a clases. Un esfuerzo del que, ahora, se siente orgulloso porque “todo lo que aprendí fue a base de sacrificio”, pero no oculta que “sufría mucho porque era un chaval”.  

Ejerció como arriero unos siete años, hasta que a los 15, lo dejó: “Durante todo este tiempo, estuve haciendo portes de arena, agua, piedras, ladrillo. Lo que me pedían”, recuerda Enrique Palomo, quien afirma que la llegada de los motocarros (triciclo motorizado o conocido popularmente en Ceuta como ‘vespas’) provocó que el “negocio se viniera abajo”. Eran los años 60, y la mecanización, se imponía porque “cargaban más que una bestia y los portes lo hacían en menos tiempo”, lamenta Palomo, pese a que “las bestias entraban en zonas donde no podían las vespas”.

La imparable evolución de la época implicaba el declive de un oficio que había sido su sustento familiar: “Al final de la semana ganaba más que un peón o albañil”. Eso sí, “a base de hacer muchos kilómetros y de andar mucho”, matiza Palomo que cifra “en unas 200 o 300 pesetas” la recaudación semanal. Los precios del transporte en bestias, iban en función de la distancia. Por ejemplo, recuerda Enrique Palomo, un porte de arena costaba “unos 10 reales, no llegaban a tres pesetas”. Uno de los trayectos más habituales era “desde el Tarajal a Los Rosales, pero iba donde me dijeran”.



La labor de los arrieros no sólo se limitaba al transporte de mercancía, puesto que para llevar a cabo los portes, era necesario preparar previamente a los animales en función de la carga. “Si se iba a transportar estiércol, había que llevar un serón (cesta grande) con una caña, que se ponía por debajo de la bestia, para que no se cayera. Si era arena, los serones eran más cortos. O si eran ladrillo o piedras, se utilizaban pedreras de madera”. Unos preparativos que eran arduos y que conllevaban algún tiempo.

Enrique Palomo, muy pronto se adaptó al trato con las bestias, aunque no se olvida del golpe que le propinó un burro, que su padre compró en una subasta: “Era como un mulo de grande. Iba a llevarlo al campo para amarrarlo, y al cogerlo, lo hice por detrás: Me dio una patada en el estómago”. Su progenitor, se deshizo rápidamente del burro.

La llegada de los motocarros, acabó con un oficio que, en Ceuta, desapareció a finales de los años 60. Sólo queda el recuerdo de los más mayores, o el testimonio de Enrique Palomo, uno de los últimos ceutíes que ejercieron como arrieros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario