Mostrando entradas con la etiqueta Ceutarepotajes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ceutarepotajes. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de marzo de 2019

65 AÑOS DEL HUNDIMIENTO DEL DRAGAMINAS 'GUADALETE'


Ocurrió el 25 de marzo de 1954. Los ceutíes, que aún recordaba la tragedia registrada cinco años antes con el hundimiento de tres pesqueros que se saldó con 64 víctimas mortales, volvían a conmocionarse con un nuevo episodio en el que la bravura del mar provocaba que Ceuta volviese a teñirse de luto. El dragaminas ‘Guadelete’ se hundía en el Estrecho de Gibraltar (a 19 millas del puerto de Ceuta y 30 al sur de Marbella). En esta ocasión, el enfurecido mar acababa con la vida de 34 de los 78 marineros que componían la tripulación. Sólo se pudieron rescatar 12 cuerpos. Hubo 44 supervivientes. Pese al temporal, el buque –impulsado a vapor- zarpó del puerto ceutí, donde tenía su base, rumbo a Melilla. Entre sus escalas figuraban Larache o las islas Chafarinas, destinos que formaban parte de las labores de supervisión. Una travesía de 120 millas, que nunca llegó a cubrir. Eran tareas rutinarias. Por eso, pocos entendieron que el dragaminas de la Armada se arriesgase a navegar en las condiciones en las que se encontraba el mar. El naufragio se produjo poco después de las seis de la tarde. 20 horas después de partir del puerto ceutí. El hundimiento del ‘Guadalete’ supuso una importante tragedia, pero el régimen franquista evitó que tuviera una importante difusión. No se ocultó, pero no tuvo el eco que la noticia y las víctimas se merecían. De hecho, el diario ABC no incluyó en su portada este suceso. La información se publicó en páginas interiores. 

Informe

Días después del suceso, el teniente de navío José María González de Aldama, quien aquella trágica noche estaba al mando del ‘Guadalete’, elaboró un informe dirigido al Ministerio de Marina en el que exponía lo ocurrido. El citado documento fue rescatado hace algunos años por el capitán de fragata Luis Mollá Ayuso. En el mismo, José María González de Aldama refleja que el dragaminas partió del puerto de Ceuta a las 22,00 horas del 24 de marzo de 1954. Cuando lo hizo, el estado del mar era de “marejadilla” y soplaba “viento fresco del este”. Tras superar la zona de Punta Almina, el buque ya comenzó a sufrir seriamente las consecuencias del temporal. Pasada la medianoche, el comandante del ‘Guadalete’ –según el informe- se vio obligado a variar el rumbo ante el estado e intensidad del mar. A las 03,10 horas el jefe de máquinas ya comunicó al comandante que el carbón era “todo tierra”. Esa mala calidad impedía que el buque pudiera mantener una potencia mínima para hacer frente a las olas sin perder el control. No le faltaba razón porque el dragaminas quedó varias veces “atravesado”.
Sobre las cinco de la madrugada, según el informe remitido al Ministerio de Marina, el buque cambió su rumbo dirigiéndose al cabo de Tres Forcas para fondear en Cala Tramontana. En ese momento, las olas superaban los diez metros de altura y el viento soplaba entre los 70 y 80 nudos.


Tras una madrugada infernal, González de Aldama reconoce que se planteó la posibilidad de regresar. El informe indica que el barco quedó hasta en tres ocasiones “atravesado”. La primera, a las siete y media de la mañana, cuando se intentó virar 180º. A media mañana, la situación era insostenible. El temporal seguía causando estragos en el barco que ya padecía la entrada de agua por diferentes puntos.
Según explicó José María González de Aldama, a las 13,10 horas se avistó a lo lejos una corbeta. Posiblemente, a tenor de lo escrito en el cuaderno de bitácora, se trataba de un buque con bandera “inglesa” que emitió señales luminosas. Desde el ‘Guadalete’ le comunicaron que se encontraban en una “situación apurada” requiriendo la necesidad de ser remolcado. No hubo respuesta. Tampoco por parte de un mercante que, horas después, navegaba por la zona. 

Pasada las tres y media de la tarde, las máquinas dejaron de funcionar, lo que hizo que el ‘Guadalete’ se quedara sin control y a merced del mar: “A las 15.35 horas se pararon las máquinas de nuevo por falta de presión, esta vez definitivamente. El 2º me comunicó que los marineros que achicaban la caldera de proa no daban de sí lo suficiente para disminuir el nivel del agua. Teníamos en cubierta toneladas de agua, quedando solamente en marcha el grupo emergencia diésel, que era el que suministraba fuerza a la radio y luz al barco”.
El transbordador Virgen de África zarpó de Algeciras en su búsqueda, pero se vio obligado a regresar ante el riesgo existente. Tras horas de intensa lucha contra las olas y la bravura del mar, el comandante González de Aldama ya comenzaba a asumir la dificultad que entrañaría llegar a tierra. Todo “estaba perdido” -reflejó en el informe- por lo que comunicó a sus hombres que se refugiaran en cubierta. El naufragio parecía inevitable: “El buque escoraba ya unos 30 grados. Le ordené (al contramaestre) preparar las balsas para poderlas echar al agua cuando el barco se hundiese.  Le ordené también que rompiese con hachas todo lo que quedase a bordo de madera y lo preparase para lanzarlo al agua. Lo hizo, poniendo al lado de la chimenea todos los enjaretados de duchas y retretes, todos los tableros del puente y todas las sillas y maderas”.
La tripulación se vio obligada a abandonar el barco. Y así lo ordenó el comandante José María González de Aldama: “Estábamos dentro del puente el almirante Miranda, el segundo y yo completamente solos. Ambos me dijeron que ellos no se tirarían al agua si yo no lo hacía y que por favor no intentase ninguna tontería”.
Pocos minutos después de lanzarse la tripulación al mar, el ‘Guadalete’ se hundió: “No hacía ni unos minutos que habíamos abandonado el buque cuando lo vimos irse a pique. La mar nos había separado de él unos 50 metros y se deslizó de popa escorado 90 grados a estribor, y desapareciendo en muy pocos instantes”, reflejó González de Aldama en el informe.

Rescate

Los tripulantes que sobrevivieron al naufragio tuvieron que luchar contras las inmensas olas y el frío. Tras más de dos horas en el mar, recobraron la esperanza gracias a la presencia de un mercante de bandera italiana, el ‘Podestá’, que permaneció en la zona mientras los marineros, dispersos en el agua, lograban con muchas dificultades alcanzar el buque. Desde el barco se lanzaron las denominadas escaleras de gato por babor y estribor. 44 marineros lograron salvar sus vidas. Al día siguiente, el destructor ‘Císcar’ rescató seis cadáves, mientras que otros cinco cuerpos fueron encontrados en el Mediterráneo, de los que sólo cuatro pudieron ser identificados antes de ser enterrados en mayo de 1954 en el cementerio de Santa Catalina (Ceuta). El hundimiento del ‘Guadalete’ se saldó con 23 desaparecidos y 11 fallecidos.


Testimonio

Eumenio Fernández Prieto fue uno de los cuarenta y cuatro que lograron salvar su vida tras el hundimiento del ‘Guadalete’. Tenía 21 años cuando sucedió aquella tragedia. Formaba parte de la tripulación como marinero especialista. Nacido en Ceuta, narraba en Radio Ceuta (Cadena SER) su vivencia: “Entré de guardia a las doce de la noche, y recuerdo que nada más pasar los isleos de Santa Catalina, el temporal ya nos estaba dando la paliza. De los golpes de mar, el agua entraba por todas partes”.
El barco se hundió muy rápido. Tenía tanta agua dentro que se fue al fondo como una piedra. Menos mal que no chupó y nos arrastró hasta el fondo”.
Horas antes del naufragio, los tripulantes tenían claro que tarde o temprano el ‘Guadalete’ acabaría hundiéndose: “A las siete de la mañana el barco estaba casi sin gobierno. Desde hacía horas el agua entraba y se quedaba retenido en el interior del barco, que debido a los golpes de mar había perdido varios botes. Sólo quedó una balsa que permitió que se salvaran varias personas. Antes de que se hundiera, ya llevábamos dos horas esperando en el puente a que en cualquier momento tuviéramos que lanzarnos al agua. Aguantamos todo lo que pudimos. No teníamos otra opción, salvo permanecer en el barco todo lo que pudiéramos”.
Eumenio no se tiró al agua, sino que “me caí”. Allí permaneció “más de tres horas” hasta que “llegué al mercante italiano que no podía acercarse hasta nosotros. No podía maniobrar ni echar botes, por lo que éramos nosotros quienes teníamos que llegar al barco, como pudiéramos”.
No fue fácil. “Estaba lloviendo y hacía un frío intenso”, explica Eumenio Fernández, quien recuerda que junto a un compañero “me agarré a un enjaretado de madera”. “Él iba –continúa- en camiseta y yo en pantalones cortos”. Ambos, sin soltarse, luchaban contra las olas: “Subíamos y bajábamos. Cuando estábamos arriba aprovechábamos para mirar, y a lo lejos vimos un barco”.
En plena lucha por la supervivencia, alcanzaron la proa del mercante: “Algunos subieron por la escalera de gato, pero nosotros llegamos justamente a la altura del ancla”, rememora Eumenio Fernández,  a quien no le fue sencillo subir a bordo del barco: “Me echaron un cabo, pero entre el principio de hipotermia que sufría y que tenía los dedos agarrotados de estar enganchado a la madera, cuando me empezaron a subir y saqué parte del cuerpo del agua, me volví a caer. A mi compañero le echaron un cabo con un salvavidas circular, y pudieron subirlo. Después me lo echaron a mí, conseguí meter los brazos y me subieron. Cuando llegué a la cubierta, me di por salvado”
Ya a bordo del ‘Podestá’, lo primero que hizo Emenio fue buscar calor: “Estaba temblando y me situé en las inmediaciones de la caldera. Allí estuve un tiempo hasta que noté que el barco estaba navegando y me reencontré en un salón con mis compañeros a los que abracé”. Y no pudo evitar llorar.
El mercante puso rumbo al puerto de Gibraltar. Después, los supervivientes fueron traslados a Algeciras. Algunos fueron ingresados en el hospital y otros permanecieron en un hotel hasta que “un barco de guerra nos llevó a San Fernando”. 
Se les dio opción de elegir destino, pero sin embargo, en el caso de Eumenio Fernández, la Armada desestimó su petición y le asignaron otro dragaminas con base en Ceuta.
A la hora de analizar qué ocurrió aquel trágico día, Eumenio Fernández considera que fueron muchos los motivos que provocaron el hundimiento del ‘Guadalete’. El primero, el “haber salido a navegar aquel día con el temporal”. Además, “íbamos con más dotación de la cuenta, ya que íbamos a trasladar a Melilla a varios soldados que se habían licenciado”. Y otro de los motivos que pudieron influir fue “el mal estado del barco”.

“Nos prohibieron hablar”

Tras el hundimiento del ‘Guadalete’, la Armada prohibió que la tripulación hiciera cualquier declaración pública sobre lo sucedido: “Nos dijeron que no habláramos con la prensa y en aquel tiempo no se podía hablar. Lo que decían había que cumplirlo, y más si éramos militares”, afirma resignado Eumenio Fernández que durante décadas guardó un respetuoso silencio.
El mismo tiempo que tardó la Armada en reconocer a los supervivientes del dragaminas. Quizás llegó demasiado tarde. Sobre todo, porque muchos de los que lograron salvar su vida aquel 25 de marzo de 1954 no pudieron disfrutar de ese merecido homenaje.  65 años después de aquel trágico naufragio, la Comandancia Naval de Ceuta ha vuelto a recordar a las víctimas mortales y destacar la lucha contra la ferocidad y crueldad del mar por parte de los héroes anónimo que conformaban la tripulación del ‘Guadalete’.

lunes, 12 de marzo de 2018

PASTELERÍA 'LA AFRICANA': ESPECIALISTAS EN ENDULZAR LA VIDA Y LOS RECUERDOS DE LOS CEUTÍES


Diferentes generaciones han degustado sus pasteles, dulces o tartas. Pastelería ‘La Africana’ es una de esas empresas que resisten al paso del tiempo y cuya trayectoria está ligada a la memoria colectiva de los ceutíes. La pastelería se fundó en el año 1932 por Carlos Guillén, adquiriendo posteriormente el negocio Antonia Fernández. Pero la historia de ‘La Africana’ tiene un nombre propio: Pedro Piñero, quien, prácticamente desde su fundación, fue su maestro pastelero. Estuvo al frente del obrador, elaboró las fórmulas y fue el autor de los pasteles y dulces que han dado fama a la pastelería. Casi nueve décadas después, aún se siguen utilizando aquellas recetas originales.


Años después de la apertura del negocio, Francisco y Rafael Vinuesa (hijos de Antonia Fernández) heredaron la pastelería, haciéndose cargo de ella junto a Pedro Piñero, con quien crearon una sociedad. Después de un tiempo, los hermanos Vinuesa traspasaron su parte del negocio al propio Pedro Piñero, quien se asoció con José Fernández Martínez-Almeida, que ya poseía una panadería en Ceuta. Años después, la pastelería pasaba a manos de Manuela Fernández, esposa del actual propietario, Rafael Lima Mur. Fue precisamente su relación sentimental la que influyó para que se hiciera cargo de un negocio que nada tenía que ver con su profesión, ya que era maestro, aunque desde hacía tiempo era el encargado de la contabilidad de la pastelería; por lo que poco a poco fue conociendo en profundidad el negocio. Tras trece años ejerciendo la docencia decidió cambiar de profesión y hacerse cargo de ‘La Africana’. Rafael Lima lleva  algo más de cuarenta y cinco años al frente de la empresa.

Pese al paso del tiempo, el sabor de los pasteles de ‘La Africana’ apenas ha variado. Y tiene su explicación, ya que en el obrador siguen utilizando las fórmulas que en su día elaboró Pedro Piñero, el primer maestro pastelero.
Incluso, Rafael Lima aún conserva aquellas recetas originales: “Están muy mal escritas, con faltas de ortografía porque Pedro Piñero apenas sabía leer ni escribir. Interpretar las fórmulas fue un auténtico jeroglífico”.  Aquellas recetas suponen un gran tesoro. No sólo por el valor simbólico e histórico que tienen sino también por su contenido. Las fórmulas, en algunos casos, se han mantenido en secreto, lo que ha permitido que ciertas elaboraciones tengan un sabor único y exclusivo de ‘La Africana’. Rafael Lima, quien reconoce que en más de una ocasión le han solicitado que comparta o facilite las recetas, atribuye todo el mérito de esas elaboraciones a Pedro Piñero: “Él fue quien le dio fama a la pastelería. Durante su juventud se dedicó a viajar. Estuvo en varios países, obtuvo una gran experiencia y todos sus conocimientos los plasmó en las fórmulas que seguimos utilizando”.

Esas viejas recetas guardan el secreto de las fórmulas para elaborar los exclusivos bizcochos de ‘La Africana’ que se siguen “haciendo como siempre”, presume Rafael Lima, quien recuerda que cuando se hizo cargo del negocio todavía “se utilizaba un horno de leña que ocupaba casi todo el obrador”. Recientemente, toda la maquinaria ha sido renovada.
Tras la marcha de Pedro Piñero,  Juan Navarro tomó el testigo del que fue el  primer maestro pastelero de ‘La Africana’: “Llevaba bastante tiempo trabajando en la pastelería y aprendió directamente de él. Asumió la responsabilidad de estar al frente del obrador y siguió trabajando fielmente como lo había hecho anteriormente Pedro Piñero”.  Comenzó como aprendiz y años después se convirtió en el sucesor del que hasta entonces había sido el alma máter de la pastelería. Juan Navarro permaneció varios años como maestro pastelero, pero  por motivos de salud tuvo que dejarlo. Después vino una época en la que no se consolidó ningún maestro pastelero, pasando por el obrador de ‘La Africana’ varios trabajadores hasta que llegó Hamido Nuino, quien lleva más de veinte años.
Al margen de continuar basándose en las fórmulas originales, hay dos aspectos que para Rafael Lima siempre han sido fundamentales, y que podrían ser la clave del éxito: “Elaborar nuestros productos diariamente y utilizar las mejores materias primas, aunque sean más caras”. De hecho, la apuesta por la calidad es una de las principales preocupaciones del propietario de ‘La Africana’, que mantiene desde hace años (siempre y cuando le haya sido posible) a los mismos proveedores. Incluso, llega a reconocer que “soy muy estricto en la elección de las materias primas. No buscamos lo barato en el mercado sino la calidad”. Y pone como ejemplo el turrón: “Se puede encontrar a siete u ocho euros, pero nosotros compramos y utilizamos el de dieciséis”. 

Varias generaciones

Personas que en su día acompañaban a sus padres y abuelos a comprar pasteles en ‘La Africana’ y que ahora lo siguen haciendo, pero junto a sus hijos o nietos siguen siendo fieles clientes. Para Rafael Lima el motivo es que “se ha mantenido la esencia de la pastelería”. De ahí que “tenemos clientes de hace años. Gente que sigue viniendo frecuentemente o que se han ido a vivir fuera de Ceuta y que cuando vuelven de vacaciones van a la pastelería y me dicen que el sabor es el mismo y que no he cambiado los pasteles”. Comentarios generalizados, que reconoce con orgullo Rafael que “para mí es una gran satisfacción”.


Rafael Lima se emociona al recordar una anécdota que le ocurrió hace algún tiempo: “Llegó una mujer y preguntó quién era el dueño de la pastelería. Le atendí y me comentó que era hija de uno de los hermanos Vinuesa, dueños anteriores del negocio y que tenía muy buenos recuerdos de la pastelería porque su padrino fue Pedro Piñero, el primer maestro pastelero. Se fue y meses después recibí una carta desde Dinamarca en la que me daba las gracias por mantener el espíritu de La Africana”.


Aunque han sabido adaptarse a los tiempos con la incorporación de nuevos productos, los pasteles clásicos –explica el propietario de ‘La Africana’- siguen siendo los más demandados: “Las calatravas, los flanes, las mokas, las bizcotelas, las brevas o las milhojas son los pasteles que más vendemos”.  Esos dulces de siempre comparten vitrina con otras nuevas elaboraciones hasta completar (los fines de semana) los cinco metros lineales de exposición con los que cuenta ‘La Africana’.
También son clásicos los productos de temporada. Desde los hornazos o torrijas en Semana Santa hasta los pestiños o mazapanes en Navidad, sin olvidar los tradicionales roscones de Reyes elaborados con una fórmula (sigue siendo guardada en secreto) que no permite producir poca cantidad: “Tenemos una fórmula estandarizada a partir de 25 kilos y las cantidades son exactas en función a ella. Y se nota en el sabor”, afirma Rafael Lima  a quien le preocupa la sucesión familiar en el negocio: “Tengo tres hijos y ninguno me dice que me voy a hacer cargo de la empresa”.

A sus 76 años, Rafael Lima continúa a pie de mostrador y obrador. No pierde la ilusión. Todo lo contrario. Sigue pensando en nuevos objetivos y su intención es incorporar una panadería, pero la falta de espacio se lo impide.  Ya están elaborando (en pocas cantidades) pan integral y tortas. Rafael Lima mantiene intacta su ilusión por un negocio en el que lleva casi 50 años endulzando la vida y los recuerdos de los ceutíes.



miércoles, 21 de junio de 2017